Contamos lo que sentimos, compartimos nuestras heridas, hablamos de nuestros procesos y exponemos aquello que durante mucho tiempo permaneció escondido. En las redes sociales, incluso, la vulnerabilidad puede convertirse en contenido.
Pero ¿qué pasa cuando abrir el corazón deja de ser un acto de sinceridad y se convierte en una forma de lastimarnos —o de lastimar a otros—?
En el capítulo 8 de La valentía de ser vulnerables, María José Hooft pone el foco sobre una cuestión incómoda: no toda transparencia es genuina, saludable ni sabia.
“No siempre el ventilar, el desahogarse, el decir lo que se siente, es sabio y reparador”, advierte. Y agrega: “Algunas veces puede llegar a ser destructor”.
La vulnerabilidad, entonces, también necesita límites.
Cuando la sinceridad deja de sanar
Hooft cuenta una experiencia que vivió durante un retiro de mujeres en Tandil. Después de compartir sobre la sanidad del corazón a través del perdón, invitó a algunas participantes a pasar al frente para compartir aquello que Dios les había hablado.
Una de ellas comenzó a hacer catarsis sobre situaciones familiares complejas delante de personas directamente involucradas en esas historias. Lo que pretendía ser un momento de transparencia terminó provocando dolor y desconexión.
La autora describe lo sucedido como “detalles imprudentes, por motivaciones incorrectas”, pronunciados “en nombre de una falsa transparencia y honestidad, que dañaron más que sanar”.
La escena deja una pregunta difícil: ¿estamos siendo vulnerables o simplemente estamos descargando sobre otros aquello que todavía no sabemos procesar?
Hooft utiliza una expresión particularmente gráfica para describirlo: “sincericidio”, una mezcla de sinceridad con suicidio —y, en algunos casos, con homicidio—. Es esa necesidad de decir absolutamente todo sin medir el momento, el lugar, las personas que escuchan ni las consecuencias.
Porque no todo lo verdadero tiene que ser dicho en todo momento.
Vulnerabilidad no significa sobreexposición
La autora recurre a una imagen de Brené Brown para explicar la diferencia entre una vulnerabilidad saludable y una dañina. La primera puede compararse con “una guirnalda de lucecitas navideñas”: una luz cálida, delicada y agradable. La segunda, en cambio, se parece a “un reflector que se enciende frente a tus ojos y te encandila la vista”.
Una luz demasiado intensa puede lastimar. Una pequeña cadena de luces ilumina sin atropellar. De la misma manera, nuestra vulnerabilidad debería permitirnos conectar con otros sin invadirlos ni exponernos innecesariamente.
Hooft lo resume así: “Cuando revelamos nuestro interior de manera indiscreta, sin sabiduría o por las razones equivocadas, hacemos y nos hacemos daño”.
Y eso puede producir exactamente lo contrario de lo que buscábamos: desconexión. Por eso, la vulnerabilidad sana no consiste en abrir todas las puertas de nuestra intimidad indiscriminadamente. Hay cosas que son verdaderas y, al mismo tiempo, privadas.
Hooft incluso recuerda algo que parece obvio, pero que hoy necesitamos recuperar: “No tenemos que contarlo todo”.
Lo que pensamos, sentimos y vivimos tiene valor. Es parte de nuestra intimidad. Y justamente por eso no deberíamos entregarlo ingenuamente a cualquiera.
¿Por qué quiero contar esto?
Una de las claves del capítulo está en aprender a revisar nuestras motivaciones antes de abrir el corazón.
Hooft propone algunas preguntas tomadas de Brené Brown: “¿Por qué estoy compartiendo esto?”, “¿Qué resultado estoy esperando?”, “¿Qué emociones estoy experimentando?”, “¿Están mis intenciones en armonía con mis valores?” y “¿Estoy compartiendo para crear conexión?”.
Son preguntas incómodas, pero necesarias. Porque podemos decir algo verdadero y, al mismo tiempo, hacerlo desde una motivación equivocada.
Podemos contar una herida para pedir ayuda, pero también podemos contarla para despertar lástima. Podemos confesar una debilidad para buscar sanidad, pero también podemos exhibirla para conseguir atención. Podemos hablar de una situación difícil para generar conexión, pero también utilizar nuestra vulnerabilidad para manipular emocionalmente a alguien.
Por eso Hooft hace una distinción fundamental: “Ser vulnerables no es lo mismo que usar la vulnerabilidad”.
Una cosa es mostrarnos genuinamente; otra es convertir nuestra exposición en una estrategia.
Vulnerabilidad no es victimización
Esta diferencia también aparece cuando la autora habla de la queja.
“Quejarse busca alivio; la vulnerabilidad busca transformación y conexión.”
La frase resume una diferencia enorme. La queja puede dejarnos exactamente donde estábamos. Pone el foco en lo que los demás hicieron, en lo injusto de las circunstancias o en aquello que nos hicieron sufrir. La vulnerabilidad, en cambio, implica humildad: reconocer lo que nos pasa, asumir nuestra parte y permitir que Dios y otros puedan acompañarnos en un proceso de transformación.
Por eso Hooft afirma: “No es lo mismo ser vulnerable que quejoso”. La vulnerabilidad verdadera tampoco construye una identidad alrededor de nuestras heridas. “Se requiere humildad, amor, quebrarse, para sanar nuestros corazones heridos, no más atención y quejas”, escribe.
Y ahí aparece una pregunta que vale la pena hacernos: cuando cuento lo que me pasa, ¿estoy buscando sanar o simplemente que alguien me confirme que tengo razón?
Hablar la verdad en amor
La respuesta bíblica que propone Hooft es clara: “hablando la verdad en amor, crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo” (Efesios 4:15, LBLA).
La verdad, por sí sola, no alcanza. También importa el amor con el que la decimos, la intención con la que la comunicamos y el momento en el que decidimos hacerlo.
Podemos tener razón y aun así hablar de una manera destructiva. Podemos decir algo cierto y utilizarlo como un arma. Podemos ser completamente honestos y, sin embargo, estar muy lejos del amor.
Por eso la autora plantea: “Si la motivación para hablar la verdad, ser honestos y transparentes, es otra cosa distinta al amor (…) entonces mejor guardemos silencio”.
Eso no significa callar aquello que necesita ser hablado. Significa aprender que el silencio también puede ser una expresión de sabiduría.
Hay conversaciones que necesitan suceder. Hay confesiones que traen libertad. Hay heridas que necesitan ser compartidas con personas seguras. Pero no todas las personas tienen derecho a entrar en todos los espacios de nuestro corazón.
Cuidar el corazón sin encerrarlo
Hooft también reflexiona sobre Proverbios 4:23: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida” (NTV).
Cuidar el corazón no significa encerrarlo detrás de siete llaves. “No se refiere a guardarlo en una caja bajo siete candados para que nadie lo toque y pueda lastimarlo”, explica.
Se trata de mantenerlo sano. Significa aprender a perdonar, amar, soñar y creerle a Dios. Significa no permitir que las heridas nos conviertan en personas cerradas, pero tampoco permitir que nuestra necesidad de afecto nos lleve a exponernos frente a cualquiera.
Porque el objetivo de la vulnerabilidad no debería ser simplemente ser vistos.
Debería ser ser conocidos de una manera que produzca conexión, crecimiento y sanidad.
El corazón necesita sabiduría
Quizás la gran enseñanza de este capítulo sea que abrir el corazón requiere tanto valentía como sabiduría.
Ser vulnerable no significa contar todo. No significa publicar todo. No significa explicar cada herida ni convertir el dolor en contenido. Tampoco significa utilizar nuestras debilidades para conseguir atención. La vulnerabilidad sana tiene límites porque entiende que el corazón es valioso.
Hooft lo expresa de una manera sencilla: “Cuando hables, habla de ti”. En lugar de utilizar nuestra historia para señalar, manipular o conseguir afecto, podemos aprender a hablar desde la humildad: esto siento, esto me pasa, esta es mi lucha y necesito ayuda.
Y quizás ahí descubramos algo que nuestra cultura de la exposición permanente muchas veces olvida:
No todo lo íntimo tiene que hacerse público para ser verdadero.
Hay palabras que necesitan ser dichas y otras que necesitan esperar. Hay heridas que necesitan un amigo y otras que primero necesitan un lugar secreto delante de Dios.
Como recuerda Hooft citando Proverbios 25:11: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”.
La clave no está solamente en qué decimos, sino también en cómo, cuándo, con quién y desde dónde lo decimos.
Porque la verdadera vulnerabilidad no busca simplemente ser vista. Busca ser conocida, amada y transformada. Y, en última instancia, encuentra su lugar más seguro en los brazos de Aquel que ama nuestra alma tal como somos.

Ficha
- Título: La valentía de ser vulnerables
- Autor: María José Hooft
- Año: 2024
- Páginas: 224

Ficha
- Título: La valentía de ser vulnerables
- Autor: María José Hooft
- Año: 2024
- Páginas: 224
