¿Por qué los niños son importantes para Dios?


En este mundo adultocéntrico y obsesionado con nosotros mismos, la palabra de Dios enfatiza una verdad inconveniente sobre la centralidad e importancia de los niños.

Muchas veces sin entenderlo, como adultos reiteramos las mismas preguntas que los discípulos de Jesús ponderaban hace miles de años: ¿quién es el mayor entre nosotros? (Mateo 18:1-4)

En nuestro tiempo, en medio de una época digital, la búsqueda insaciable del corazón humano sigue sedienta de aprobación, buscando saciarse por medio de cálculos de quién tiene más seguidores en redes sociales y quién gana más dinero. 

La respuesta de Jesús no es lo esperado, ya que pide que volteemos la mirada hacia los más pequeños en nuestro medio. Jesús conoce las intimidades del corazón humano, que busca en la comparación la aprobación y aceptación que realmente anhelamos. 

La misma boca de aquel que creó el universo nos llama a no solamente considerar a los niños, sino a ser más como ellos. Con esta respuesta en Mateo 18, Jesús eleva el estatus de una población menospreciada y aparentemente insignificante al punto que se convierte en nuestro ejemplo a seguir. 

Si no nos volvemos como ellos, no podremos entrar en el Reino de los Cielos. ¿Qué entiende Jesús de la naturaleza de los niños que nos urge entender?

Marcos 10 indica que Jesús considera indispensable que sus seguidores reciban el Reino de los Cielos como un niño. En Mateo 11:25, Jesús revela que grandes verdades eternas han sido escondidas de los sabios para ser encontradas por los niños. 

Si creemos en la palabra infalible de Dios, debemos entender que los niños que tenemos en nuestra vida tienen mucho que enseñarnos. Cuando deseamos conocer el plan estratégico de Dios sobre la santificación, él nos hace un llamado infantil. 

Los niños son ejemplos de la dependencia, curiosidad, confianza y asombro, que los seguidores de Cristo necesitan para madurar y conocer al Señor.

Necesitamos a los niños en nuestras comunidades de fe porque es el mismo cuerpo de Cristo, y elegimos creer en sus palabras por encima de la sabiduría de este mundo. Tenemos tanto que aprender de lo que este mundo considera una inconveniencia: en vez de pensar en cuánto los niños requieren de nosotros, deberíamos pensar en la forma en que ellos contribuyen al cuerpo de Cristo como miembros no comprendidos, pero sumamente importantes y eficaces.

Te invito a tomar un momento para considerar a los niños que conoces. ¿Qué estás aprendiendo de ellos? Quizá piensas en lo inconveniente que es contestar sus preguntas y explicarles lo que sucede, pero Dios sabe que los necesitas como maestros. Si rechazas la idea de aprender de ellos, puedes estar seguro de que es precisamente el orgullo de la adultez el que imposibilita tu madurez espiritual. 

Al escribir estas palabras, una de mis hijas descansa su cabeza sobre mi hombro porque está cansada. Al parecer, ella no está haciendo preguntas existenciales o analizando si su conducta es suficiente para ser amada: es una niña. Y los niños saben que el hombro de su papá es para descansar y hallar refugio cuando no tienen fuerzas. 

Un niño depende de su papá no porque sea lo correcto, sino porque es todo lo que conoce. Si sigues con preguntas sobre quién será el más importante para Dios, quizá necesitas oír que Dios no te dará la respuesta que buscas; te dará la respuesta que necesitas. No necesitas entender con tu mente todo lo que Él hace; así como mi hija descansa en mi hombro, tú y yo necesitamos descansar en el hombro del Padre que dio todo para adoptarnos como hijos. 

El conocimiento que necesitas no es algo teórico, sino consiste en la confianza verdadera que se construye por medio de interacciones cotidianas y predecibles. Dios es tu Padre y te llama a obedecer a Jesús y considerar a los niños en tu entorno. Tienes mucho que aprender de ellos.

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